| The Great Expectations |
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Han pasado dieciseís años desde la llegada de la Concertación al Gobierno, es decir, una generación. Una generación que ahora se encapucha para protestar contra todo. La mayoría los condenan, ¿no sería bueno tomar en cuenta su rabia? Me parece irónico ver que todos se indignaron el pasado 11 de septiembre cuando los encapuchados incendiaron un vidrio de La Moneda. Incluso, no faltaron los que dijeron que ese acto traía recuerdos terribles. ¿No es terrible pensar que aún hay torturadores libres por las calles? ¿No es una ofensa a la democracia que se haya identificado mal a tantos detenidos desaparecidos? ¿Que siguen las malas condiciones en la vivienda, la salud y la educación? Y son estas preguntas las que inconscientemente mueven a todos estos jóvenes que, desde su ignorancia (producto de un sistema educacional mediocre e ineficiente) no conocen más que el resentimiento y la ira. No estoy a favor de la violencia gratuita ni menos de los encapuchados. Estoy convencida que, cuando a uno lo mueven causas justas, tiene que dar la cara y que las luchas deben tener nombre y apellido o pierden toda credibilidad. Pero tampoco me parece que haya que desentenderse de las iras colectivas. Detrás de todo ese rencor, siempre hay una explicación que nos incumbe a todos. Y eso me remonta al plebiscito de 1988. Fue una época de esperanzas enormes, la gente creyó que el país iba a cambiar, que un mundo nuevo venía. No fue así: falló, nunca fue la intención, las promesas no eran más que estrategia política. No importa. El hecho es que muchos fueron defraudados. Porque hoy estamos ante un cuarto gobierno que sigue siendo tan neoliberal como antes, que censura en los medios de comunicación, que le da la mano a Bush. Presidenta, aunque esté en contra de los grupos violentistas, escúchelos. Son señales. Son quizás incluso una advertencia que se podría perder todo lo construido. Las grandes inestabilidades suelen haber comenzado con pequeños grupos que de pronto se escapan a todo control. Que la Concertación no se vuelva un grupo de aristócratas alejados de la vida real, de lo que es vivir en una casa que se inunda, no querer levantarse porque hace frío, tener capacidades y saber que no tiene oportunidades, ver cómo la clase gobernante se reproduce traspasando de padre a hijo los cargos y los puestos de poder, escuchar promesas campaña tras campaña y ver los mismo de siempre. No le cierre los ojos a la realidad, Presidenta. El enojo suele querer decir cosas importantes. Así comenzaron las grandes revoluciones. De anhelos truncados que de pronto, se cansan de ser solamente eternas esperanzas.
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Escrito por Rodrigo Administrator Vera Perez Ingeniero Informatico Estación Central |
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